La montaña

Conozco una montaña a la que asciendo al menos dos veces al año.
Haga frío o calor, llueva o haga sol me calzo las botas y  me pongo en camino.
No espero al día ideal para hacerlo porque cualquier día es ideal si así lo sentimos.
Cuando alcanzo su cima mi mente ya está vacía.
Todos los pensamientos quedan desperdigados por el camino.
Hay algo en ese lugar que potencia el que eso ocurra.
No es una coincidencia el que algunos eruditos y eremitas se hayan refugiado en ella durante el curso de la historia.
La montaña no es muy alta pero lo parece porque contrasta con la amplia llanura que la rodea. Desde lo alto se divisa el horizonte como una difusa línea que funde tierra y cielo, se escuchan como susurros los cencerros de las ovejas y las cabras, la conciencia emerge y el tiempo parece detenerse.
Los agaves, con sus espectaculares flores en forma de árboles, decoran el paisaje y confunden al viajero no habituado a la flora del lugar.
Hay muchos lugares como este, que ayuden de tal forma a centrarse en uno mismo.
Te animo a que descubras tu propia montaña, que no tiene por que ser una montaña precisamente y puede ser un arrollo o una esquina.
Quizás ya lo hayas descubierto, en ese caso sabrás que de algún modo, una vez que lo has alcanzado entonces siempre lo llevas contigo.
Si no lo has hecho todavía no es necesario preocuparse porque son esos lugares los que lo eligen a uno y no a la inversa.
Lo único que hay que hacer es permanecer atentos para que no nos pase desapercibido.

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