Comunicación

Nuestro modo de vida actual nos permite estar en contacto con multitud de personas. Hoy en día la gente viaja mas, se relaciona mas, sale mas con los amigos y realiza trabajos menos individualizados, muchas veces en el seno de un equipo de trabajo.
Sin embargo, a pesar de esta ebullición de los contactos, de la apremiante vida social que llevamos, a menudo nos sentimos solos, perdidos, desamparados, desolados. Tendemos a aislarnos y fingir sonrisas y apretones de mano. Nos deseamos mútuamente diferentes cosas para este nuevo año que comienza, mecánicamente, aún a sabiendas de que lo hacemos para que quede bonito, para complacer a la intrigante etiqueta que se ha establecido paulatinamente en nuestras vidas. Un momento, detengámonos y seamos sinceros con nosotros mismos, aunque solo sea por un instante.
En realidad comunicamos mucho pero decimos poco. Hablamos mucho pero expresamos menos. Reímos y cantamos pero en nuestro interior una profunda tristeza campa a sus anchas.
Nuevamente la cantidad ha vencido a la calidad. La sociabilidad de las personas se mide hoy en día por la cantidad de amigos que agregamos a facebook o la extensión de la lista de contactos de nuestro smart phone.
¿Qué ocurre entonces? ¿Nos estamos volviendo locos o qué es lo que está ocurriendo?
Déjame que te lo explique.
La comunicación, me refiero a la verdadera comunicación entre dos personas y no a la mera verborrea, debería incluir al menos dos elementos. En primer lugar una disposición incondicional a la escucha y por otro lado una rendición a nuestros sentimientos y a la resistencia que nos impide expresarlos abiertamente, me refiero a la autorrevelación.
Creo que comunicar es algo mas que intercambiar información. Comunicar es ponerse por un instante en la piel de nuestro interlocutor, sentir lo que el siente. Solamente desde esa perspectiva podemos dar cabida a la verdadera compasión, entendida esta como empatía incondicional y absoluta, la rendición última, el salto al vacío.
Saber escuchar no es sencillo, las palabras de nuestro interlocutor a menudo hacer saltar nuestros propios resortes internos y nos vemos impulsados a comentar, debatir, corregir o contradecir  los argumentos que se expresan. También solemos escaparnos a otro lado, solemos hacerlo sobre todo cuando lo que nos están contando no resulta de nuestro interés, cuando nos aburren.
Sin embargo existen otras alternativas que pueden enriquecer enormemente nuestra comunicación.
Una de ellas consiste en sondear nuestros propios sentimientos y emociones mientras escuchamos. Ser capaces de escuchar sin reaccionar y esperar pacientemente a que nuestro interlocutor acabe de expresar sus opiniones, sin interrumpir ni reaccionar, al mismo tiempo nos observarnos, nos damos cuenta de qué emociones evoca lo que estamos escuchando en nuestro interior.
A menudo tendemos a ignorarnos a nosotros mismos. Ocurre que nos sentimos mal en compañía de una persona pero no sabemos explicar muy bien porqué. Si cultivamos la actitud de escucharnos mientras comunicamos  experimentaremos nuestro propio desarrollo y seremos capaces de observar nuestra propia reactividad. Sería algo así como mantener nuestra atención en la carretera y las señales de tráfico mientras conducimos escuchando al mismo tiempo la conversación de los pasajeros que nos acompañan, sin desdeñar ni lo uno ni lo otro.
Esta forma de atención anclada en un punto (ya sea la carretera y el tráfico o nuestras emociones mientras comunicamos) representa una excelente oportunidad de crecimiento personal y nos anima y posibilita al mismo tiempo a dar ese paso tan necesario en muchas de nuestras relaciones, me refiero a  la autorrevelación.
Se trata de expresar nuestros sentimientos cuando sea nuestro turno de hablar. De hacerlo de manera respetuosa y sin asociarlos a la persona que tenemos delante. Puedo decirte por ejemplo que me encuentro incómodo contigo ahora mientras reparo en que esa incomodidad puede estar motivada por otra causa diferente de tu presencia o lo que acabas de decirme.
La autorrevelación no es mas que la expresión genuina y sincera de lo que sentimos en un momento dado, sin demora, con respeto y considerando que sea lo que sea lo que experimentemos bienvenido es. Porque en realidad no hay emociones buenas ni malas sino solo emociones para ser experimentadas, experiencias para ser vividas.
La apertura incondicional a sentir y a experimentar es lo que nos ayuda a crecer y añade además un elemento de valor inestimable a la calidad de nuestras relaciones, haciendo que estas sean profundas a pesar de la aparente sencillez con que se desarrollen. Una caricia, un abrazo, un silencio sostenido o una mirada de complicidad son potentes herramientas de comunicación que a menudo obviamos en nuestro intento de llenar a cualquier precio esos insoportables precipicios de silencio.

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