¿Hacer o no hacer?

Es ampliamente conocida la división del cerebro en dos hemisferios, se habla de ellos como espacios estancos, aislados el uno del otro.  Algo menos conocida es la diferenciación de tareas que dichos hemisferios llevan acabo. Sin embargo el  cuerpo calloso, una estructura que une ambos hemisferios, posee  infinidad de conexiones y delata una interdependencia mutua entre ambos.
A pesar de todo, algunos modelos de pensamiento, no limitados a una area geográfica en particular, promueven el uso exclusivo de las funciones y capacidades alojadas en un solo hemisferio, prevaleciendo la preferencia por el hemisferio izquierdo que es precisamente el responsable de la lógica y del razonamiento lineal.
Culturalmente se ha solido asociar la actividad del hemisferio izquierdo con el hecho de hacer algo: pensar, recapacitar, planificar, construir, estudiar, trabajar, etc.
Por el contrario las actividades del hemisferio derecho han sido sistemáticamente ninguneadas: imaginar, crear, manifestar emociones, expresarse de manera creativa, disfrutar de las sensaciones de una determinada actividad, saborear, reír y emular todo tipo de fantasías y escenarios. Un ejemplo de ello es el desprecio que todavía sufren algunas personas que realizan profesiones relacionadas con el arte o la expresión creativa y en general muchos comportamientos como por ejemplo la expresión abierta de emociones como la tristeza o la ira.
Esta dicotomía conduce a una obligada reflexión, análoga a la archiconocida expresión «ser o no ser». En estos momentos esta disyuntiva gira mas bien entorno a la cuestión de «hacer o no hacer»
Ante este nuevo reto probablemente la solución resida en el equilibrio, algo inexistente en la actualidad. Pero como toda balanza que necesita ser reequilibrada es necesario poner un peso suficiente para compensar este prolongado e injusto desfase. Hay que poner carne en el asador, y eso entraña ciertos riesgos, teniendo en cuenta que en caso de acometer solamente nosotros ese cambio probablemente eso conducirá a que durante un tiempo tengamos que nadar contra corriente. No obstante nadar contra corriente no es algo que debería preocuparnos, al menos en exceso.
¿Qué hacer entonces?
En primer lugar acudir al silencio para poder oírnos. Dar momentos de descanso a nuestra mente simplemente respirando, centrando la atención en el proceso y desvinculándonos del posible resultado.
Se trata de sentir, de escuchar, de oler y de percibir todo lo que está a nuestro derredor. Eso es suficiente para que nuestra mente se relaje y recobremos la comunicación con esa parte sensible de nosotros mismos, cosa que a menudo trae de la mano una nueva y sorprendente forma de ver las cosas porque mientras nos movamos única y exclusivamente en el razonamiento continuaremos muy alejados de nuestra inmensa capacidad creadora.

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