¿Camino o destino?

Suena extraño.
¿Es posible  vivir sin objetivos?
Tener un punto de referencia es algo deseable aunque no indispensable porque muchas veces las pistas las encuentra uno andando el camino, siempre que se esté atento a ello.
Sin embargo una vez fijado el objetivo tendemos a adoptar una ceguera selectiva que nos impide ver lo que ocurre durante ese viaje hacia el ansiado destino, quizás una pista vital para poder alcanzarlo o tal vez una señal que nos indica un desvío para no caer por un precipicio.

En la actualidad está de moda fijarse objetivos y si son ambiciosos mejor todavía, eso es lo que se lleva. Fijarse objetivos no es algo indeseable pero perdernos en el camino puede resultar desastroso para nuestro bienestar. Precisamente el destino, una vez alcanzado, se saborea de manera diferente si se ha vivenciado el camino, nuestra evolución hacia el.

La frenética vida actual nos induce a continuar en movimiento, a no parar. Esto si es algo dramático. Nos resulta difícil saborear apenas ese fugaz instante, sentados en cualquier parte, sin hacer nada en concreto. A menudo solo nos detenemos para evitar algo desagradable,  sin tener en cuenta que también es necesario hacerlo  para permitir que lo agradable emerja y no pase inadvertido disipándose entre la prisa y las carreras.

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