COVID-19: inercia o altruismo

La cuarentena a que nos vemos avocados a raíz de la irrupción de coronavirus invita al recogimiento y a la reflexión. Este parón impuesto genera sensaciones muy diversas, desde el agradecimiento por disponer ahora de tiempo suficiente para realizar todas esas cosas que hemos ido postergando, hasta la incomprensión de una situación que interrumpe abruptamente nuestro singular estilo de vida. La fuerza de la inercia se deja notar en diferente mesura en cada uno de nosotros.

Esa inercia presente en nuestra vida cotidiana , definida por la RAE como la incapacidad que tienen los cuerpos de modificar por sí mismos el estado de movimiento en que se encuentran, presenta similitudes con el concepto budista de samsara.

Como el adicto que no puede subsistir sin el objeto

de su adicción, el hombre moderno presenta

su particular «síndrome de abstinencia»

ante la desaceleración y el silencio

Samsara significa emprender una serie de acciones de manera repetitiva y sin cuestionamiento, sin reflexión. Samsara se vincula con una figura circular, representando bucles cerrados de repetición de las mismas cosas, una vez tras otra. La adquisición de cierto grado de consciencia sobre el proceso es lo que generalmente nos pone en disposición de hacer algo diferente, de acometer otras rutinas o perseguir otros caminos fuera del círculo habitual. Sin embargo, a pesar de adquirir consciencia esta tarea, no resulta sencilla, principalmente debido a la fuerza de la inercia que nos empuja de nuevo, de manera automática, a seguir repitiendo comportamientos.

La actual crisis sanitaria ha obligado a imponer una pausa obligatoria para muchos de nosotros. La fuerza de nuestra propia inercia se ha truncado y puesto en evidendia, como cuando detenemos la acelerada trayectoria de un balón en movimiento con el cuerpo (o con la cara). Porque cuando uno para, cuando sale del bucle del samsara, suele emerger el cuestionamiento, un abrupto despertar como forma de mirar hacia dentro, algo a lo que no estamos muy acostumbrados habitualmente.

Mirar hacia dentro implica, de algún modo, cuestionar nuestros diferentes roles como pareja, madre o madre, empleado o empleada, hermano o hermana, amigo o amiga. Parar y observar es algo a lo que no estamos acostumbrados y por ello puede resultarnos incómodo. En esos instantes a menudo emergen preguntas incómodas, las cuales tendemos a evitar intentando rellenar nuestra nueva e improvisada rutina con nuevas tareas, aplicándolas como sucedáneo a las rutinas habituales. Esto nos mantiene subidos al tren de la inercia.

¿Es esta la vida que quiero?

¿Por qué las cosas son así?

¿Por qué me siento de este modo?

Estas preguntas y otras muchas similares pueden emerger en el momento en que la inercia de nuestras vidas se ve comprometida. Aparecen entonces la frustración, la incertidumbre o el desánimo. Porque esas preguntas y estados emocionales que surgen al pausar se experimentan como algo indeseable y por ende tendemos a evitarlos. En esa tesitura incluso el legítimo derecho a aburrirse se evidencia como algo inaceptable. La realidad es que el ser humano puede desarrollar una enfermiza aversión al aburrimiento, siendo capaz de cualquier cosa para evitarlo. Actualmente circulan multitud de consejos para mantenernos constantemente ocupados en medio de nuestro forzoso confinamiento. No digo que no esté bien mantenernos ocupados pero me niego a aceptar que eso deba ser así todo el tiempo.

Las imágenes actuales de personas peleando

en los supermercados por rollos de papel higiénico

no pueden ser explicadas de un modo racional.

Existe una alternativa a esta disyuntiva. Como el adicto que no puede subsistir sin el objeto de su adicción, el hombre moderno presenta su particular «síndrome de abstinencia» ante la desaceleración y el silencio. Si uno es capaz de perseverar, no sustituyendo todas esas obligaciones diarias exteriores por otras diferentes ahora hogareñas, accederá a un lugar nuevo, impregnado de ese mismo silencio que nos inquietaba y que ahora funciona como bálsamo. En ese nuevo enclave, habitado por el silencio y la sensatez, tal vez percibamos las contradicciones de nuestras vidas, siendo conscientes de los valores tan equivocados que a menudo, cegados por la celeridad de la inercia, no acertamos a ver. Un reciente artículo[1] científico ahondaba en el impacto psicológico de las cuarentenas en las personas y en el mejor modo de reducirlo. En el estudio se consideran situaciones muy similares a las actuales donde la gente se veía obligada al confinamiento durante semanas o meses. Una de las conclusiones más interesantes apunta al altruismo como factor protector de cara al confinamiento. Las personas lo llevan mejor cuando adoptan una perspectiva altruista, abandonando actitudes compulsivas como acumular víveres o medicamentos. Las imágenes actuales de personas peleando en los supermercados por rollos de papel higiénico no pueden ser explicadas de un modo racional. Cuando la inercia se interrumpe el ser humano moderno se desquicia ante el insondable precipicio de incertidumbre que se abre ante el. Aquellos que son capaces de ver su confinamiento no como una restricción a los caprichos de su ego sino como un deber hacia los demás, en especial hacia los más vulnerables, suelen ser los que mejor afrontan ese confinamiento, viéndolo cómo una oportunidad de mejora tanto colectiva como individual. Porque tú podrías ser ese anciano, o ese anciano podría ser tu padre o tu tío, y ese niño podrías ser tú o podría ser tu hijo.

Cuando uno accede a este nivel de realidad, la compulsión de las compras, la inquietud y el nerviosismo pasan a un segundo plano. Puede ser que aflore entonces un cierto sentimiento de pertenencia a la comunidad, como cuando aplaudimos todos juntos los esfuerzos de los sanitarios desde nuestros respectivos balcones y terrazas. Es entonces cuando uno está en disposición de apreciar y agradecer. El confinamiento forzoso puede servirnos para valorar en su justa medida todo aquello que obviamos en nuestro día a día, activados por la inercia de la prisa y el ajetreo.

Precisamente, en otro estudio se demostraba como la prisa inhibe nuestra capacidad empática. La acelaración y la prisa tienen un afecto demoledor sobre el altruismo.[2]

Del agradecimiento y el altruismo aflora la constatación de la interdependencia, un requisito inexcusable para una convivencia saludable y sostenible. Porque el «yo estoy bien a costa de los demás» no conduce a un modelo responsable de bienestar, algo similar ocurre con las actitudes que invisibilizan a los refugiados, excusan la opresión, la explotación o los abusos. En este parón reside el germen para conectarnos de nuevo a nuestra esencia altruista y compasiva. El único requisito consiste en abrazar nuestro particular síndrome de abstinencia de nuestra habitual y acelerada rutina, en acoger al aburrimiento y a todo lo que surja, aunque no nos resulte agradable, confiando que, tras ese primer paso, encontraremos la conexión con la bondad que habita en todos nosotros.

 

[1] The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence
Samantha K Brooks, Rebecca K Webster, Louise E Smith, Lisa Woodland, Simon Wessely, Neil Greenberg, Gideon James Rubin. Lancet 2020; 395: 912–20 February 26, 2020

[2] Darley, J. M., and Batson, C.D., «From Jerusalem to Jericho»: A study of Situational and Dispositional Variables in Helping Behavior». JPSP, 1973, 27, 100-108.

 

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