Depresión colectiva

Esto no es una crítica política.
Tampoco es un manifiesto.
De hecho, cualquier persona en su sano juicio podría llegar a conclusiones parecidas. Mi única herramienta es el sentido común, quizás la única vacuna necesaria en los tiempos que corren.

Cuando uno deja de creer en todo
entonces es capaz de creerse cualquier cosa

El caso es que, cómo psicólogo, es tentador extrapolar a lo social lo que uno percibe en la individualidad. Los comportamientos y actitudes de cada uno de nosotros, considerados todos cómo una super colección de individualidades,  dan forma al perfil de nuestra sociedad, la cual puede ser considerada como un organismo  en sí, aunque más amplio e inclusivo.

Echando un vistazo a nuestro alrededor, resulta sencillo  percibir en el pulso social muchos de los criterios clínicos de diagnóstico de la depresión.Cuando las emociones se amontonan y superponen unas a otras de forma repetida y continuada en el tiempo, la persona acaba insensibilizada. Da igual ocho que ochenta. Las emociones, por sí mismas, tienen el poder de movilizarnos pero cuando se aglutinan ocurre lo contrario: el embotamiento y la confusión, amigos estos de la perplejidad.
La sobreinformación es un hecho y los medios no hacen más que escupir y vomitar informaciones de todo tipo y  en formato monotemático. Cuando uno deja de creer en todo entonces es capaz de creerse cualquier cosa. Es este precisamente el punto donde nos adentramos en derroteros inciertos, auspiciados por la  vulnerabilidad.

La sobreinformación constante se encarga de mantener 
saturados nuestros canales sensitivos

Al preguntar al paciente sobre su visión actual de las cosas (en este caso la sociedad al completo), nos encontramos con respuestas que combinan visiones desastrosas de lo que acontece: desempleo, EREs sin cobrar, prestaciones que no llegan, negocios abocados al cierre, limitaciones de movilidad, cifras rojas en todos los telediarios, pérdidas humanas, etc.La única alternativa a este panorama parece ser el refugio en  el consumo y el materialismo. Entre estos dos polos fluctúa ahora este organismo social que nos incluye a todos: desastre o consumo. La cosa no hace sino empeorar cuando preguntamos por el futuro. La respuesta a esta pregunta es un vacío estrepitoso.
La incapacidad de imaginar un futuro decente es precisamente otro importante criterio diagnóstico para la depresión. De modo que cuando se carece de él, la persona se hunde en la desesperanza y queda consecuentemente  inmovilizada, perpleja y desmotivada.

Por otro lado, la estrategia de choque para combatir esta depresión colectiva en la que estamos sumidos no parece mejorar las cosas. La sobreinformación constante se encarga de mantener saturados nuestros canales sensitivos, ahogando cualquier posibilidad de discernimiento. Esta sobreinformación no se limita a los medios convencionales como la radio o la televisión sino que se produce principalmente al nivel de las redes sociales. Así, entre piezas de los noticiarios, memes, fake news, debates y comentarios en todo tipo de formatos y plumajes, resulta imposible procesar tal cantidad de información, no hablemos ya de encontrar la energía o el tiempo para reflexionar sobre todo ello.
Además, resulta que las víctimas del desastre son incluso responsabilizadas de su propia miseria. Una estrategia rastrera y cruel que no hace sino hundir aún más el insondable fondo del pozo de la depresión: confinamientos arbitrarios, criminalización del ciudadano, manifestaciones racistas o ese dedo acusador que señala al colectivo asistencial por el mero hecho de reclamar un poco de oxígeno después de años de asfixia.

Algunos, disfrazados de optimistas, hablan de cambios de modelo a raíz del actual panorama sanitario y político.La realidad es que el sentido común y la experiencia nos dicen que un organismo depresivo no se moviliza en modo alguno, más bien al contrario, a medida que avanza en su amargura queda progresivamente más atrapado en ella. Al mismo tiempo, los que toman decisiones parecen atrincherarse con más fuerza si cabe en sus posiciones, probablemente intentando salvar sus propias almas y monederos.
Ante todo esto me reafirmo: la única vacuna necesaria en estos momentos es el sentido común.

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